Llenaos mutuamente las copas, pero no bebáis sólo en una.
Compartid vuestro pan, mas no comáis de la misma hogaza.
Cantad y bailad juntos, alegraos, pero que cada uno de vosotros conserve
la soledad para retirarse a ella a veces.
Hasta las cuerdas de un laúd están separadas, aunque vibren con la misma
música.
Ofreced vuestro corazón, pero no para que se adueñen de él.
Porque sólo la mano de la Vida puede contener vuestros corazones.
Y permaneced juntos, mas no demasiado juntos:
Porque los pilares
sostienen el templo, pero están separados.
Y ni el roble ni el ciprés crecen el uno a la sombra del otro."
Jalil Gibrán, Gibrán (1989): El profeta.
Madrid: Edaf. Pp. 30-31