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Las amenazas y los
castigos
Sólo se
deben utilizar en casos extremos, cuando las demás estrategias hayan
fallado. Hay que utilizarlas con cuidado, pues presentan una serie de
inconvenientes.
Cuando se
amenaza y no se cumple, la amenaza pierde su valor y quien la formula pierde
su credibilidad. Por eso sólo se deben presentar amenazas cuando se esté
seguro de que se van a cumplir.
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El castigo se puede
convertir en refuerzo positivo: ha conseguido llamar nuestra atención de
alguna forma.
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Si el castigado no ve la
relación entre su conducta y el castigo, o se siente incompetente para
desarrollar la conducta adecuada, se sentirá angustiado e indefenso y puede
tender hacia la depresión: se le destruye como persona.
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El castigo sólo funciona
mientras está presente el agente castigador. Es difícil que se generalice
porque se le impone desde fuera.
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El castigado tiende a evitar
a la persona que lo castigó, o al sitio en que fue castigado. Para seguir
siendo él mismo.
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El castigo puede provocar
agresividad, en el castigado, hacia el castigador, hacia los demás o hacia
las cosas. Siente que le han encapsulado.
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El castigo debe usarse sólo
de forma excepcional y con mucho cuidado.
Tanto en el premio como en
el castigo no se debe desorientar: los que ejercen la autoridad deben estar
de acuerdo y ser constantes en su aplicación.
Los castigos pueden ser de dos tipos:
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Positivos:
Cuando una conducta es acompañada de
estímulos dolorosos para el sujeto.
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Negativos:
Si como resultado de la conducta, el
organismo pierde una situación agradable.
Numerosos estudios han confirmado que es
mucho más efectivo el aprendizaje alcanzado mediante refuerzos que el
conseguido mediante castigos. Vienen a confirmar la importancia que tiene la
motivación en los procesos de aprendizaje.