“En niños en edad escolar, los
síntomas de desatención afectan las tareas en clase y el rendimiento
académico”.
APA, 2001
Cuando necesitamos
valorar el déficit atencional en un estudiante, la familia y el profesorado
no tienen la misma habilidad de detección; los primeros tienden a
sobrediagnosticar, mientras que los segundos lo harían en el nivel
esperable. El profesorado detecta mejor al estudiante con Trastorno por
Déficit con Hiperactividad con predominio del Déficit de Atención, puesto
que la atención es un proceso de gran relevancia en el aprendizaje escolar;
los progenitores observan mejor las conductas sobreactivas o impulsivas.
Además
de en el diagnóstico, la colaboración del centro educativo es fundamental ya
que al profesor se le pedirá información sobre la capacidad, rendimiento
intelectual, comportamiento, situación emocional del niño, así como la
relación de éste con sus compañeros y otras actividades a las que asista el
niño; en definitiva, recoger información de dichos lugares.
Es beneficioso que el
profesorado reconozca mejor a los alumnos con TDAH, para posteriormente
confiar a la familia su evaluación. Los docentes pueden influir enormemente
en la adaptación del niño al medio escolar. Se recomienda:
Evitar la hiperestimulación.
Ofrecer al niño tareas muy
estructuradas y organizadas (nunca olvidar que son alumnos “muy desordenados
e impulsivos”)
El periodo de atención
intelectual máxima puede ser tan solo de diez minutos.
Permitir al niño realizar
ejercicio físico entre una actividad y otra.
Reforzar positivamente la
obediencia.
Planificar sus tareas en
tiempo real.
Enseñarle a utilizar
autoinstrucciones, como: pensar antes de actuar.
La relajación puede serle muy
útil para enseñarle a manejar sus emociones.
Pasos para enseñarle a
resolver un problema complejo:
1.
Identificar el problema: ¿qué
debo hacer?
2.
Evaluar las posibles
soluciones teniendo en cuenta las ventajas y desventajas.
3.
Dedicar un tiempo a esperar y
concentrarse.
4.
Seleccionar una de las
respuestas.
5.
Comprobar su respuesta.
Lo más importante -y también lo más difícil- es no perder
la paciencia, no creer que el niño lo hace por capricho o rebeldía; no es
así, él no puede controlarse. Los castigos solo ayudan para aumentar la
frustración del estudiante, pero no le ayudan en aprender a controlarlo.
Marta Bravo Herreros