TÉCNICAS
PARA ESTABLECER LÍMITES
Toda norma lleva consigo un
mandato para realizar una actividad concreta y un límite o prohibición de
realizar otras cosas que al chico/a se le pueden ocurrir. Sugerencias:
1.
Prohíba las cosas con
claridad. Toda limitación o
prohibición ha de expresar muy claro lo que limita o prohíbe. Evitemos
parábolas, metáforas, dejar algo sobreentendido. Construyamos frases con
sencillez gramatical. Ejemplos: “No se puede correr por este pasillo”,
sería una frase correcta; pero si decimos “¿Qué hacéis aquí? ¿es que creéis
que los pasillos son pistas de atletismo?”, sería un mandato incorrecto
porque no está formulado
con claridad.
La retórica, la cara
congestionada del que manda, pueden impresionar a los niños pero dejan las
ideas confusas de lo que se quiere mandar.
2.
Siempre que se pueda,
ofrezca un sustitutivo.
Ejemplos: un profesor en clase dice “No hagáis ruido ni habléis en voz
alta; en voz baja podéis preguntar las dudas a los compañeros de al lado”;
es una frase correcta. “No juegues en el pasillo, tienes la
habitación”,- también es una frase correcta.
3.
Formule prohibiciones
definidas o totales. Ejemplos:
“No vuelvas muy tarde”; es una prohibición mal formulada. Lo correcto
es decir “La hora de volver a casa es a las nueve” (o a las
11, o la hora que sea) Otro ejemplo: “No lances el balón muy alto
junto a esta pared, pues a tres metros hay cristales”, es una orden
incorrectamente formulada; la expresión correcta sería, “En esta zona no
se puede jugar; podéis jugar en tal sitio.”
4.
Formule las normas seria
y oportunamente. Es necesario
que los niños oigan las normas cuando están escuchando con seriedad,
atención y concentración. Es incorrecto dictar normas en clase cuando, por
ejemplo, los niños están nerviosos porque salen tarde y el autobús se les
escapa; o cuando los niños están pendientes de un examen importante, de un
programa televisivo especialmente esperado, etc.
Otras veces se dicen las
cosas medio en broma, alegremente; o en tono de ira. Los niños en estos
casos captan más el estado de ánimo o el tono del que manda, que el
contenido de lo que se manda.
Otros mandan con tal
escepticismo o pesimismo acerca de la norma que dan, que ya están
transmitiendo que se espera que no se cumpla. Tampoco es bueno cierto estilo
de "rogar" las cosas como por compasión “¿Es que no os dais cuenta de que
me estáis provocando dolor de cabeza?”, “¿Queréis hacer el favor de...?”)
Estas normas expresadas con lamentos, ya salen derrotadas "a priori". No son
normas; son modos de infundir lástima al que las escucha.
Si el educador no está seguro de lo que tiene que mandar, que lo piense
y lo madure, o no mande nada. Pero no debe transmitir inseguridad ni falta
de confianza en sí mismo.
1.
Mande de forma
positiva. Ejemplos correctos:
“Da gusto ver las paredes de esta casa cuando están limpias”; “mantén
limpio el Colegio o la casa”; “las sillas son para sentarse, no para
pisarlas”. Por el contrario, serían incorrectas las frases “no
manches las paredes”, “eso es una falta de educación”,- “no arrojes cosas al
suelo”, “da pena ver como lo dejas todo”; no os subáis a las sillas, las
estáis destrozando”.
Las órdenes negativas suelen
destruir el interés de los niños y adolescentes. La mayor parte obedecen
mejor a mandatos que se enfocan hacia valores positivos, y que favorecen la
imagen positiva de sí mismo.
La técnica para que una
norma sea mandada de forma positiva es señalar la función de un objeto, al
mismo tiempo que se indican los límites de las cosas. Por ejemplo: “la
hora de estudiar es de 6 a 8 de la tarde, ya jugarás más tarde”; “el
lápiz sirve para escribir, no para morderlo”. Cada hora tiene una
actividad y cada objeto una función.
2.
Ordene acciones externas,
no actitudes internas. Lo que se manda son comportamientos verificables o comprobables,
susceptibles de evaluación clara, premio o sanción. Ejemplos: “siéntate
bien”; “no hables mientras comes”; “usa papel y lápiz para estudiar
matemáticas”. Las actitudes no se mandan, se promueven. No se
puede mandar el ser de una manera o de otra. El interés por el estudio, el
respeto a los demás, etc. no se mandan, se educan; es decir, se motiva y se
favorece su crecimiento. Muchos educadores no distinguen lo que es para
mandar, de lo que es para promover.
3.
Respete la dignidad de
las personas. Se deben evitar
insultos, ironías, desprecios, etc. Hay un tono burlón en algunos padres y
educadores que al mandar algo, trasmiten al niño un desprecio personal. La
obediencia es muy dura y no debemos recargarla con una voz áspera o un tono
irónico. Incluso ciertos matices no directamente humillantes, no salvan del
todo la autoestima del niño. Ejemplo: “Tú eres muy pequeño para estar
aquí tan tarde”; sería mejor decir “Ya sabes que la televisión se
termina a las diez los días laborables”. ¿Por qué hay que añadir
alusiones personales?
4.
Conceda participación a
los hijos para conocer su opinión sobre las normas.
Ellos tienen algo que decir, cuando se les va a imponer un reglamento que
condiciona su vida. Si elaboramos nosotros solos las prohibiciones, sin oír
su punto de vista, podemos olvidarnos de lo que un niño puede hacer; y
remontamos a un idealismo poco real. O bien, podemos imponer nuestras manías
personales sobre limpieza, orden y urbanidad. No conviene imponer manías,
sino "leyes" razonables.
Pero, ¡ojo!, esta escucha
participativa no significa "diálogo incondicional". Después de escuchar,
usted es quien debe decidir en qué va a consistir la norma. Oírles no
significa blandura y consentimiento. Usted es el responsable de la familia,
no ellos. Pero el oírles y dialogar con ellos previamente, es lo que impide
que esa autoridad se transforme en autoritarismo.
