Es
increíble lo que le puede llegar a cambiar a uno la vida, sin que nada
exteriormente cambie, y es que casi todo a mi alrededor es semejante a hace
dos años, en cambio, cuánto he cambiado yo por dentro en tan poco tiempo.
Y es que
la tranquilidad de lo cotidiano ha tomado una dimensión totalmente nueva y
extraordinaria para mí.
Que
cierto es eso, de que uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Supongo
que nunca llegaré a saber qué fue lo que me llevó a encontrarme tan mal, a
sentir tanta angustia, tanto miedo a la muerte, a no querer dormir…, sé que
sólo el que ha pasado por algo parecido es capaz de comprender la angustiosa
sensación de ahogo que llega a impregnar cada poro de la piel, que te aísla
de todos y de todo, y te hace ir muriendo por dentro. Llegó despacito sin
hacer ruido y se instaló muy dentro.
Sé que la
insatisfacción que yo sentía hace apenas dos años, respecto a lo poco
enriquecedora que se estaba volviendo mi vida y lo sacrificada, y poco
agradecida que me resultaba la carrera, tuvo mucho que ver en mi deterioro
anímico.
Y es que damos
tanta importancia al plano físico e intelectual de la persona, que con
frecuencia olvidamos que el motor que nos mueve a seguir viviendo es el
alma, y a este último lo mimamos más bien poco.
No sé exactamente
cuándo ni cómo empezó todo, pero poco a poco comencé a encontrarme triste
sin motivo aparente, a llorar con facilidad y a sentir miedo a meterme en la
cama; al principio me justificaba pensando que era el agobio que tenía
encima, la falta de tiempo, el cansancio y el estrés.
Pensé que no
contarlo ayudaría a quitar hierro al asunto y que tan discreto como llegó,
el malestar terminaría yéndose, pero al contrario, cada vez me encontraba
peor. El único que sabía del calvario que estaba viviendo era mi novio,
pero ahora entiendo cuan complicado tuvo que ser para él, entender lo que en
verdad me estaba sucediendo.
Era como tener la
sensación de haber aterrizado en el planeta Tierra por primera vez y no
entender absolutamente nada de esta locura que llaman vida, como cuando un
niño pregunta el por qué de cada pequeña cosa, y yo llevaba más de 20 años
viviendo algo que de repente perdió todo su sentido, y todo aquello por lo
que para mí la vida había merecido vivirla, se esfumó sin más. Y un
porque nada, y para qué nada, lo invadió todo.
Tardé casi un año
en darme cuenta de que aquella sensación estaba pudiendo conmigo, que me
estaba muriendo a plazos.
Y aunque contar a
alguien lo que me estaba pasando me suponía un esfuerzo que me superaba,
pudo más la angustia que me comía por dentro.
Hace 13 meses que me
senté delante de mis padres y mi hermana y les conté lo que estaba
sucediendo dentro de mi; aquel día me acosté, seguro, con 4 o 5 kilos menos,
y aunque ellos nada pudieron hacer por aliviar mi angustia, la sensación de
que la responsabilidad de lo que me estaba ocurriendo, ahora era compartida,
me devolvió un pedacito de vida.
Ahora nos
enfrentábamos juntos a ello, y aunque mi deseo de recuperarme era grande, no
fue suficiente para que en los siguientes 5 meses yo consiguiera avanzar
demasiado. Algo mejor anímicamente, pero con un desgaste enorme, llegué al
mes de febrero, y con él, mi deseo de ponerme en manos de un médico. Otra
vez contar y recordar lo que me había estado sucediendo.
El 8 de Marzo comencé el tratamiento, que me minó físicamente durante los
siguientes 3 meses, pero que me devolvió las ganas de vivir, la capacidad de
disfrutar y de poder compartir por primera vez con los míos lo que había
estado viviendo
Entonces comenzó un
proceso lento, que supuso, en primer lugar, recuperar una serenidad que casi
había olvidado que pudiese llegar a sentir, y poco a poco iría el plantearme
cada pequeño aspecto de mi vida, que deseaba cambiar y que mantener…, y con
los meses ir ordenado mi cabecita.
En Mayo comencé con psicoterapia, y aunque sólo de mi dependía ir encajando
las piezas del puzzle de mi vida, la terapia me ha ayudado a materializar
las ideas, a ir llevando a cabo las pequeñas decisiones que han hecho que mi
vida haya ido tomando forma de nuevo.
No han sido meses
fáciles, aun quedan meses de tratamiento por delante, y sé que el camino de
la recuperación no ha terminado, pero ahora sé, que aunque no hubiese
deseado vivir esta experiencia, el haber tocado fondo, me ha permitido darle
un rumbo nuevo a mi vida. Y ahora sé que todo esto era necesario para poder
volver a reencontrarme a mi misma.
De esta experiencia
hemos aprendido, mi familia, todos a los que he tenido cerca, y sobretodo
yo. Sólo espero que esto también pueda servir a otros, a saber que los males
del alma también tienen cura y que las heridas con mimo y paciencia terminan
cerrando.