"Ahora, llorando, me relajo aún más. Me he sentido al borde de la locura.
Mis pensamientos iban más rápido que la capacidad para procesarlos, era como
si quisieran abrir una puerta y lo hacen en la dirección contraria, se
agolpan unos tras otros y así nunca podrán abrirla.
Pienso demasiado y todo eso casi me vuelve loca. A veces creo que no
puedo soportar la propia vida ni nada de lo que me traiga consigo.
Todo el potencial mental se transforma en negatividad, como un fuego que
abrasa, que destruye pero sin calentar.
Luego están los mareos. Es como si mirara hacia abajo desde un enorme
rascacielos de 200 pisos. Todo el vértigo y el vacío se concentran en mis
sienes. Y es otra fuerza bestial que empuja y empuja hacia afuera.
Ha durado más de media hora. Ahora me siento más en calma. Escribo y me
relaja. Evito pensar en el futuro... maldito futuro que aunque no existes
estás ahí, como un cartel gigante con luces de neón.
Quiero vivir el presente, amarlo como está y como me llega. Quiero ser
dueña del momento. Pero igual es eso, que no soy dueña de mi propia vida.
Quisiera gritar fuerte, convencerme de que no soy perfecta, de que no
quiero serlo y que además no puedo.
Aceptar mis lágrimas ahora como una descarga emocional que me está
ayudando a darme cuenta de que vivo.
El caldo mental se hace espeso entre mis sienes, parece que todo aquí
arriba pesa más".